En este espacio cada estereotipo ciudadano tiene su lugar. No me voy a reír de ellos, sino con ellos y vos podes prestar tu risa

lunes, 7 de mayo de 2012

CHARLAS DE CAFÉ. CUARTA ENTREGA



Cuando llegué al Café, la discusión había empezado y discurría por caminos que los partisanos suelen recorrer con holgura.
-Siéntese, Golber y escuche; me gritó el Tordo Martorello sin antes haber contradicho lo que acababa de decir Aureliano. Me sumé a la charla en silencio (muchas veces la mejor forma de compartir un café es escuchando a los demás).
-No es así, decía Martorello. Usted, Aureliano, no puede desconocer que el mundo está al amparo de la publicidad y el consumismo más irresponsables. Los grandes grupos económicos extienden sus tentáculos hasta el último rincón del planeta, abarcando todos los ámbitos de las actividades humanas. Y si no, mire la televisión, el gran instrumento idiotizador de nuestra era, la gran lavadora de cerebros; plataforma perfecta para la ofensiva publicitaria.
-Y por otro lado, agregó Polo, la miseria convive con la alta tecnología y los grandes avances científicos con la progresiva escasez de los recursos más vitales.
-Eso es verdad, dije yo.
-No interrumpa y escuche, soltó Polo. Tenemos a nuestro alcance toda clase de artefactos electrónicos, diseñados para facilitarnos el trabajo o el entretenimiento; pero las cosas realmente esenciales, como una vivienda digna, alimentos sanos y naturales o una atención sanitaria de calidad resultan cada día menos asequibles para el común de los mortales, que por esas paradojas de la vida constituyen el mayor porcentaje de población. La explotación desmedida de los recursos naturales aparece como la culpable de la miseria y la pobreza que se extiende por todo el planeta.
Es que si uno se pone a pensar, los gobiernos y las empresas nos ven no como individuos dotados de libre albedrío, si no como simples consumidores. Hasta los programas de los partidos políticos en tiempo de elecciones se venden como un producto más, surgido de una cadena de montaje. Los gurús del marketing continúan diseñando estrategias, para convencernos de que el camino de la felicidad pasa por los grandes almacenes y los centros comerciales.
-Otra paradoja, agregó el Tordo al que nunca había visto tan comprometido con el discurso. Gozamos del nivel de riqueza material más alto de nuestra historia, pero nuestra calidad de vida se degrada a marchas forzadas. Bosques, selvas y océanos son esquilmados sin misericordia para seguir alimentando industrias obsoletas, cuando no completamente innecesarias. La población aumenta sin freno, las ciudades crecen más de lo razonable y se urbanizan sin control amplias zonas naturales, muchas de ellas vitales para el sostenimiento del equilibrio ecológico. La contaminación se dispara y las reservas de agua potable disminuyen. Pero nos preocupa más ganar el suficiente dinero para comprarnos la última TV salida al mercado, que los vertidos tóxicos en un río; adquirir el último disco del grupito de moda, que la desaparición diaria de una superficie de selva tropical equivalente a cinco campos de fútbol.
-Las multinacionales, auténticos gobiernos en la sombra son omnímodas, disparó Polo, y los gobiernos nacionales aparecen como apéndices secundarios de las grandes corporaciones, que son las que de verdad manejan el mundo. El planeta ha sido dividido a fin de aprovechar más eficientemente sus recursos que, dicho sea de paso, son cada vez más escasos a causa de la sobre explotación a la que han sido sometidos sin tregua durante décadas. En esta Tierra super poblada coexisten la ostentación y el lujo con la miseria y la degeneración; la técnica más avanzada, con la más apremiante carencia de materias primas. Se viaja en fabulosos vehículos de alta gama y tecnología; pero los combustibles fósiles están casi totalmente agotados. Los niveles de contaminación son altos y la deforestación ha alcanzado cotas inimaginables. Y no me diga que no, Aureliano.
-No digo que no, trató de defenderse Aureliano. Tampoco pueden desconocer que brilla una tenue luz de esperanza: los ecologistas, las únicas personas sensatas en esta sociedad de consumo que ustedes acaban de definir. Estos no aspiran sólo a destruir el sistema, sino también a concientizar a la gente acerca de la necesidad de tomar medidas drásticas para asegurar la supervivencia de la vida sobre la Tierra; como por ejemplo: limitación del crecimiento de la población, puesta en marcha de programas de reforestación y recuperación de los suelos, y descentralización de los núcleos urbanos. Pero por sobre todo, en acabar de una vez con la producción de artefactos de consumo, inútiles y por tanto innecesarios, para los que no existe demanda natural y en cuya fabricación se malgastan ingentes cantidades de valiosísimas materias primas.
-Bravo, bravo, grité. Es la primera vez que los escucho comprometido con el discurso. Un análisis perfecto de nuestra realidad.
-Má qué compromiso ni análisis, Golber. Nos tomamos la libertad de recrear el mundo de la novela de ciencia ficción Los mercaderes del espacio de Frederik Pohl y Cyril M. Kornbluth, escrita en 1953 y considerada una de las obras cumbres de la novela distópica.
La distopía, término acuñado a finales del siglo XIX por John Stuart Mill, de uso frecuente y corriente aunque no incluido en el Diccionario de la Real Academia Española, refiere a la utopía negativa donde la realidad transcurre en términos antitéticos a los de una sociedad ideal. Los textos basados en distopías surgen como obras de advertencia y guardan relación con la época y con el contexto socio-político en que se escriben.
Las utopías de hoy serán las realidades de mañana.
Las distopías de ayer ¿son nuestra realidad?
Nos vemos.

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